Yacia debajo de un peral, característico árbol de cuerdas en esa zona, un pequño juiljo. Tarareaba melodías con su aguda voz esperando que algún pajarillo saliera de su cueva. Solían estar en cuevas profundas y aunque el juiljo estaba cerca del árbol, los pajarillos no los prefieren, se sienten mas agusto cerca de las rocas. Pero no fue sino por suerte que ahí cerca pastaba un resmún, que para los no conocedores es como un pundoro pero sin las manchas de ridículos colores. Los resmún suelen silbar cuando escuchan juiljos tararear, haciendo que la música llegue más lejos y atrayendo a los pajarillos. El juiljo seguía su melodía esperando, mientras llegaba ese momento en que no es ni día ni noche y los pajarillos comienzan a asomar. El resmún cansado se echó a dormir al lado del juiljo y este indignado por el fuerte olor que despedía, dejo la caza para otro día. Volviendose quejoso a su armario repetía: –pajarillo pajarillo- y seguía tarareando.
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